Hay días que los hechos que se
suceden demuestran que la mayoría de los seres humanos van por el mundo
cumpliendo simplemente con su destino de existir mientras tengan vida, mientras
late su corazón, mientras su cerebro tenga actividad neuronal.
¿Es esto bueno? ¿Quizá es malo?
Yo creo que parte del problema es
que nos enfrascamos en este gastado estereotipo de valores dados, de valores "supuestamente" entendidos…
Para aquel que cree que hay un
poder divino que determina su destino y que uno, como fiel subordinado a sus
creencias, simplemente debe cumplir con el mandato superior, ¡claro que es
bueno!
Sin embargo, para aquel que
considera que en la vida existe el libre albedrío y que fue otorgado a los
seres humanos para que fueran capaces de forjar su destino, la posición de no
asumir la responsabilidad que ello conlleva seguramente ¡es mala!
Por otra parte, quienes actúan en
congruencia con aquellas doctrinas filosóficas que sostienen que las personas
tienen el poder de elegir y tomar sus propias decisiones, superando la
consideración de crédito o culpa que pudiera desprenderse de ello, son quienes
verdaderamente tienen la capacidad de forjar destino.
Es entonces que el hombre es
capaz de superar su creencia tradicional de que el destino es la fuerza sobrenatural
actuante sobre los seres humanos y los sucesos que estos enfrentan a lo largo
de su vida. Es así que es posible que nos sintamos capaces de tomar las riendas
de nuestra vida y encaminarla hacia la lucha cotidiana que significa
materializar nuestros más grandes anhelos. Es en este escenario que se genera
la posibilidad de asumir la creencia irrestricta de que “lo sobrenatural” se
pronuncia a través de cada uno de nosotros, dotándonos de la fuerza y la pasión
que requerimos para transformar nuestros sueños en realidades objetivas, en
congruencia con nuestra capacidad de libre
voluntad y elección.
Claro que no siempre hemos de
triunfar en el anhelo. Seguro es que habrá sueños que no será factible
alcanzar, deseos que se queden en el empeño, anhelos que no logremos materializar.
Sin embargo, nunca habrá lucha que sea en vano (aunque los resultados no se
logren), ya que en el supuesto fracaso el emprendedor sale fortalecido, seguro
de que el aprendizaje logrado le hará mucho más capaz de alcanzar sus sueños en
los nuevos intentos. La vida es un constante aprendizaje y es la consciencia de
ello lo que le permite al “forjador de destinos” enfrentar la vida con la firme
convicción de que debe ser él (y nadie más), quien se haga cargo de escribir la
historia que dé cuenta de su paso por su espacio y por su tiempo.
Respecto a lo anterior, quisiera destacar
los siguientes pensamientos de Rafael Echeverría (Ética y Coaching Ontológico
– Rafael Echeverría; Ediciones
Granica, Argentina 2008): primero “Todos
hemos tenido la experiencia de que hay resultados que deseamos encarecidamente
y que, sin embargo, nos resultan esquivos. Aunque intervenimos en los
condicionantes de nuestro actuar no logramos que se produzcan” (Echeverría,
2011: 29). Y también, “La invocación de
la metafísica me conduce a una profunda resignación y a la aceptación de mi
aparente impotencia. A partir de ello, renuncio a la posibilidad de
transformación y limito mi capacidad para generar cambios” (Echeverría, 2011:
30).
Será entonces que nuestro
continuo roce con la falta de resultados o lo limitado de nuestro “éxito”, nos
genera un abandono, paulatino pero incremental, de nuestros anhelos más
preciados. Será que en el fracaso, aprendemos a creer que nuestro destino está
ya escrito y no vale la pena luchar contra ello.
Las dificultades que toda
existencia humana implica, nos van llevando a ser cada vez menos ambiciosos.
Aprendemos a postergar nuestros sueños, para después simplemente abandonarlos,
esconderlos, “superarlos”, encarcelarlos en el terreno de la imaginación,
olvidarlos; como no queriendo aceptar que hemos renunciado a ellos y, sin
embargo, ya no luchando más.
El luchar por mí y para mí, me da
miedo y termino entregando la responsabilidad sobre la forja de mi destino a
quien quiera tomarla, ya que presiento que si me resisto a mi predeterminado
porvenir, exclusivamente ganaré posibilidades amplias de sufrimiento y dolor.
Para revertir este sentimiento de
posible “impotencia” es necesario que las organizaciones modernas puedan
transformar sus espacios de trabajo en ambientes seguros en los que pueda
prosperar la confianza de sus colaboradores en ellos mismos. Es decir, espacios
en los que las personas se sientan seguros de exhibir sus potencialidades, ya
que se reconoce el emprendimiento y se sabe que un posible fracaso temporal no
es más que una posibilidad inmejorable de aprendizaje y un augurio de que el
futuro por venir será mejor, ya que se siguen incorporando “argumentos”
(recursos) para tener éxito.
Si bien, los esfuerzos que se
realizan en estos espacios de apertura deben estar perfectamente alineados a las
Ideas Rectoras (Misión, Visión,
Valores, Grandes Objetivos, etc.) de la organización, también deben contribuir
activamente a la realización de quienes participan en ellos. Es por ello que se
ha dado por llamar a estos espacios laborales “Lugares de Potencial Realizado”. Lugares en los que los seres
humanos expresan “lo mejor de ellos mismos” a través de la manifestación
cotidiana del máximo de su potencial, y en los que este apasionado esfuerzo se
traduce exitosamente en los resultados esperados, tanto por la organización
como por las personas que participan.
Una de las condiciones necesarias
para la existencia de espacios en
apertura en las organizaciones modernas es su inclinación hacia el
aprendizaje generalizado hacia su interior. Así, el aprender en las organizaciones
se debe de convertir en una forma permanente de vida y desarrollo. Es necesario
que en cada organización existan las redes humanas dispuestas a enfocar todo su
potencial en el logro del “propósito organizacional”. Y no hablo de su
potencial como individuos, sino aquel potencial comunitario que se genera a
través de la sinergia que provoca el trabajo colaborativo y solidario.
En una organización abierta al
aprendizaje cada persona se transforma, cada grupo se transforma y la
organización misma se transforma, en una danza del cambio que la lleva a
mantenerse siempre en la sustentabilidad que le proporciona su Capital Social y
sus Valores, base de su transformación integral en una “Comunidad de Propósito”.
Dentro de esta comunidad se
requieren líderes que estén acordes con el momento de progreso y adaptación que
cotidianamente vive la organización. Líderes capaces de encauzar el esfuerzo
colaborativo en pro de alcanzar un propósito que comparte con sus seguidores y
que a todos resulta benéfico y atractivo. Líderes dominadores del arte humano
más exigente, el arte de concebir y crear
destinos, de construirlos conscientemente, de ser capaces de forjarlos.
Por tanto, debemos luchar porque
en cada organización, en cada grupo, existan líderes competentes para provocar en “su
equipo” una influencia recíproca, para consolidar relaciones significativas, para enfocar el esfuerzo humano hacia el alto rendimiento y para alinear todo ello a
un propósito común. Líderes que entiendan que el Liderazgo es acción, acción
consentida y consciente, tanto para él como para sus seguidores. Líderes que
profesen y apliquen un liderazgo pleno de resolución, autoridad (fundamentada
en la legitimidad del liderazgo y no en el poder), convicción y compasión. Líderes forjadores de destinos.
Debemos impulsar la existencia de
líderes, auténticos constructores apasionados de futuros promisorios y del bien
común. Guías asertivos en la lucha cotidiana en pro del propósito compartido y
la consolidación exitosa de resultados, a partir del mejor aprovechamiento del esfuerzo
colaborativo y solidario. Promovedores plenos de la madurez e independencia de
las personas, comprometidos con su propia escuela encaminada a la formación de
nuevos líderes e incapaces de olvidar y dejar de cultivar las virtudes
aprendidas en la niñez.
Y desde el contexto anterior,
habremos de construir un nuevo entendimiento y una nueva práctica del Liderazgo
en su conjunto. Un liderazgo basado en valores, en las capacidades de
influencia recíproca dentro del grupo y en la facultad del líder de provocar
inspiración. Un liderazgo que se convierta en factor en la construcción de
relaciones significativas basadas en el respeto, la confianza y el compromiso
mutuo. Un liderazgo que se trasforme en un verdadero apostolado sustentado en
valores, con una finalidad netamente social y colectiva, alineado
ineludiblemente a la aspiración más elevada de la humanidad: “El Bien Común”. Un
liderazgo capaz, una y otra vez, de forjar
destinos.

