martes, 8 de noviembre de 2016

Los espacios en apertura, tierra fértil para cultivar destinos.

Hay días que los hechos que se suceden demuestran que la mayoría de los seres humanos van por el mundo cumpliendo simplemente con su destino de existir mientras tengan vida, mientras late su corazón, mientras su cerebro tenga actividad neuronal.
¿Es esto bueno? ¿Quizá es malo?
Yo creo que parte del problema es que nos enfrascamos en este gastado estereotipo de valores dados, de valores "supuestamente" entendidos…
Para aquel que cree que hay un poder divino que determina su destino y que uno, como fiel subordinado a sus creencias, simplemente debe cumplir con el mandato superior, ¡claro que es bueno!
Sin embargo, para aquel que considera que en la vida existe el libre albedrío y que fue otorgado a los seres humanos para que fueran capaces de forjar su destino, la posición de no asumir la responsabilidad que ello conlleva seguramente ¡es mala!
Por otra parte, quienes actúan en congruencia con aquellas doctrinas filosóficas que sostienen que las personas tienen el poder de elegir y tomar sus propias decisiones, superando la consideración de crédito o culpa que pudiera desprenderse de ello, son quienes verdaderamente tienen la capacidad de forjar destino.
Es entonces que el hombre es capaz de superar su creencia tradicional de que el destino es la fuerza sobrenatural actuante sobre los seres humanos y los sucesos que estos enfrentan a lo largo de su vida. Es así que es posible que nos sintamos capaces de tomar las riendas de nuestra vida y encaminarla hacia la lucha cotidiana que significa materializar nuestros más grandes anhelos. Es en este escenario que se genera la posibilidad de asumir la creencia irrestricta de que “lo sobrenatural” se pronuncia a través de cada uno de nosotros, dotándonos de la fuerza y la pasión que requerimos para transformar nuestros sueños en realidades objetivas, en congruencia con nuestra capacidad de libre voluntad y elección.
Claro que no siempre hemos de triunfar en el anhelo. Seguro es que habrá sueños que no será factible alcanzar, deseos que se queden en el empeño, anhelos que no logremos materializar. Sin embargo, nunca habrá lucha que sea en vano (aunque los resultados no se logren), ya que en el supuesto fracaso el emprendedor sale fortalecido, seguro de que el aprendizaje logrado le hará mucho más capaz de alcanzar sus sueños en los nuevos intentos. La vida es un constante aprendizaje y es la consciencia de ello lo que le permite al “forjador de destinos” enfrentar la vida con la firme convicción de que debe ser él (y nadie más), quien se haga cargo de escribir la historia que dé cuenta de su paso por su espacio y por su tiempo.
Respecto a lo anterior, quisiera destacar los siguientes pensamientos de Rafael Echeverría (Ética y Coaching Ontológico – Rafael Echeverría; Ediciones Granica, Argentina 2008): primero “Todos hemos tenido la experiencia de que hay resultados que deseamos encarecidamente y que, sin embargo, nos resultan esquivos. Aunque intervenimos en los condicionantes de nuestro actuar no logramos que se produzcan” (Echeverría, 2011: 29). Y también, “La invocación de la metafísica me conduce a una profunda resignación y a la aceptación de mi aparente impotencia. A partir de ello, renuncio a la posibilidad de transformación y limito mi capacidad para generar cambios” (Echeverría, 2011: 30).
Será entonces que nuestro continuo roce con la falta de resultados o lo limitado de nuestro “éxito”, nos genera un abandono, paulatino pero incremental, de nuestros anhelos más preciados. Será que en el fracaso, aprendemos a creer que nuestro destino está ya escrito y no vale la pena luchar contra ello.
Las dificultades que toda existencia humana implica, nos van llevando a ser cada vez menos ambiciosos. Aprendemos a postergar nuestros sueños, para después simplemente abandonarlos, esconderlos, “superarlos”, encarcelarlos en el terreno de la imaginación, olvidarlos; como no queriendo aceptar que hemos renunciado a ellos y, sin embargo, ya no luchando más.
El luchar por mí y para mí, me da miedo y termino entregando la responsabilidad sobre la forja de mi destino a quien quiera tomarla, ya que presiento que si me resisto a mi predeterminado porvenir, exclusivamente ganaré posibilidades amplias de sufrimiento y dolor.
Para revertir este sentimiento de posible “impotencia” es necesario que las organizaciones modernas puedan transformar sus espacios de trabajo en ambientes seguros en los que pueda prosperar la confianza de sus colaboradores en ellos mismos. Es decir, espacios en los que las personas se sientan seguros de exhibir sus potencialidades, ya que se reconoce el emprendimiento y se sabe que un posible fracaso temporal no es más que una posibilidad inmejorable de aprendizaje y un augurio de que el futuro por venir será mejor, ya que se siguen incorporando “argumentos” (recursos) para tener éxito.
Si bien, los esfuerzos que se realizan en estos espacios de apertura deben estar perfectamente alineados a las Ideas Rectoras (Misión, Visión, Valores, Grandes Objetivos, etc.) de la organización, también deben contribuir activamente a la realización de quienes participan en ellos. Es por ello que se ha dado por llamar a estos espacios laborales “Lugares de Potencial Realizado”. Lugares en los que los seres humanos expresan “lo mejor de ellos mismos” a través de la manifestación cotidiana del máximo de su potencial, y en los que este apasionado esfuerzo se traduce exitosamente en los resultados esperados, tanto por la organización como por las personas que participan.
Una de las condiciones necesarias para la existencia de espacios en apertura en las organizaciones modernas es su inclinación hacia el aprendizaje generalizado hacia su interior. Así, el aprender en las organizaciones se debe de convertir en una forma permanente de vida y desarrollo. Es necesario que en cada organización existan las redes humanas dispuestas a enfocar todo su potencial en el logro del “propósito organizacional”. Y no hablo de su potencial como individuos, sino aquel potencial comunitario que se genera a través de la sinergia que provoca el trabajo colaborativo y solidario.
En una organización abierta al aprendizaje cada persona se transforma, cada grupo se transforma y la organización misma se transforma, en una danza del cambio que la lleva a mantenerse siempre en la sustentabilidad que le proporciona su Capital Social y sus Valores, base de su transformación integral en una “Comunidad de Propósito”.
Dentro de esta comunidad se requieren líderes que estén acordes con el momento de progreso y adaptación que cotidianamente vive la organización. Líderes capaces de encauzar el esfuerzo colaborativo en pro de alcanzar un propósito que comparte con sus seguidores y que a todos resulta benéfico y atractivo. Líderes dominadores del arte humano más exigente, el arte de concebir y crear destinos, de construirlos conscientemente, de ser capaces de forjarlos.
Por tanto, debemos luchar porque en cada organización, en cada grupo, existan líderes competentes para provocar en “su equipo” una influencia recíproca, para consolidar relaciones significativas, para enfocar el esfuerzo humano hacia el alto rendimiento y para alinear todo ello a un propósito común. Líderes que entiendan que el Liderazgo es acción, acción consentida y consciente, tanto para él como para sus seguidores. Líderes que profesen y apliquen un liderazgo pleno de resolución, autoridad (fundamentada en la legitimidad del liderazgo y no en el poder), convicción y compasión. Líderes forjadores de destinos.
Debemos impulsar la existencia de líderes, auténticos constructores apasionados de futuros promisorios y del bien común. Guías asertivos en la lucha cotidiana en pro del propósito compartido y la consolidación exitosa de resultados, a partir del mejor aprovechamiento del esfuerzo colaborativo y solidario. Promovedores plenos de la madurez e independencia de las personas, comprometidos con su propia escuela encaminada a la formación de nuevos líderes e incapaces de olvidar y dejar de cultivar las virtudes aprendidas en la niñez.

Y desde el contexto anterior, habremos de construir un nuevo entendimiento y una nueva práctica del Liderazgo en su conjunto. Un liderazgo basado en valores, en las capacidades de influencia recíproca dentro del grupo y en la facultad del líder de provocar inspiración. Un liderazgo que se convierta en factor en la construcción de relaciones significativas basadas en el respeto, la confianza y el compromiso mutuo. Un liderazgo que se trasforme en un verdadero apostolado sustentado en valores, con una finalidad netamente social y colectiva, alineado ineludiblemente a la aspiración más elevada de la humanidad: “El Bien Común”. Un liderazgo capaz, una y otra vez, de forjar destinos.