jueves, 16 de febrero de 2017

Motivación de un Líder…

El tropezarme accidentalmente con un trabajo ajeno, cuyo tema es la motivación de los Directivos de Unidades Operativas de menor tamaño, dentro de la organización para la cual laboro, me impulsó a volver a escribir sobre el tema del “Liderazgo”.
Y es que en el trabajo que cito, del cual no abundaré mucho, los ejes centrales de la motivación para estos directivos en cuestión eran:

  • El incremento en el ingreso económico vía bonos, mayor sueldo, estabilidad laboral y recompensas específicas.
  • La dotación de un buen abasto para la Unidad a fin de evitar carencias, prevenir conflictos y resolver problemas.
Así, a mi buen entender, los directivos se motivan a partir de su acceso al dinero y su posibilidad de llevar una vida laboral eficiente y sin sobresaltos.
Algo que también me intrigó es que la “capacitación” pareciera ser más una herramienta de adiestramiento, un mecanismo de “perfeccionamiento”, que un factor motivacional dirigido a empoderar a las personas y a facilitar su crecimiento.
Y no cito más… Ello me inspiró de nuevo para seguir escribiendo sobre el “Liderazgo pro Apertura”.
Y entonces rescato algo ya escrito con anterioridad:
Líderes pro apertura, responsables (por su propia convicción y derecho) de la transformación organizacional, la construcción de una nueva cultura corporativa y mejores ambientes de trabajo, en los que los seres humanos puedan ser eso: “seres humanos”. Quizá sin más, pero también sin menos.
Líderes Forjadores de Destinos, que se conciban y actúen como seres humanos con una nueva sensibilidad, una nueva forma de pensar, sentir y actuar en el mundo, asumiéndose como protagonistas activos en la transformación cotidiana de su entorno, para alcanzar estados de bienestar generalizados y posibilidades reales de sustentabilidad y plenitud, que permitan a las personas con las que se relacionan (directa o indirectamente), acceder a la “felicidad”, más como un estadio permanente y natural de los seres humanos, que como un anhelo que se persigue afanosamente, sin lograrlo “nunca” del todo.

Felicidad y nunca, qué palabras…
Si definimos la felicidad como aquél “estado de ánimo” en que la persona se siente plenamente satisfecha por gozar de lo que desea o por disfrutar de algo bueno, ya alcanzamos a apreciar lo difícil que es imaginar un “estadio evolutivo universal” que permita a todos “ser felices”, por el simple hecho de lo diferenciado y personal que puede ser para cada quien esta posible posición de sustentabilidad y plenitud (palabras éstas también muy amplias en su significado y contexto).
Pero si, para ejemplificar un poco la definición, analizamos la siguiente frase (con la que me tropecé al consultar la definición de felicidad): “La felicidad era el objetivo último del ser humano, y la riqueza (es decir, la propiedad libre, individual y absoluta), su principal baluarte”; entonces empezamos a comprender el sustento económico que siempre hemos otorgado a este estado de bienestar tan amplio, ya que podríamos concluir que la felicidad se “protege” en la riqueza y, por lo tanto, es vulnerable en la pobreza.
Ahora bien, retomemos en término “nunca”. Nunca: en ninguna ocasión, en ningún tiempo, ninguna vez, en el jamás de los jamases. Pues bien, ante esta circunstancia pareciera ser imposible “ser feliz”, al menos en forma permanente e inalterable. Por tanto, la felicidad se convierte en una concepción aspiracional, más que en una meta clara, factible y alcanzable.

Vaya lío… ¡El embrollo se hace inatacable!
Entonces, cómo motivar a un grupo amplio de directivos (de nivel operativo), más allá de allanar su camino fortaleciendo el abasto, dotándoles de mayor personal, ayudándoles a resolver los conflictos laborales que existan o poniendo mayor atención a las demandas de los usuarios o clientes. Cómo motivarles, más allá del beneficio temprano de la mejora económica, que no por ser justa deja de ser cuestionable como motivador fundamental.
Mi respuesta está en el retorno a los principios generativos, tanto de la organización como de la propia dirección, e incluso enfatizando en los del liderazgo.
Creo firmemente en la gran necesidad que tienen las organizaciones del Siglo XXI por convertirse en verdaderas Comunidades de Propósito. Es decir, organizaciones inteligentes, abiertas al aprendizaje y al cambio profundo, en las que existan espacios abiertos y seguros que impulsen la creatividad y la innovación colectiva, como condición sine qua non para la evolución de las propias organizaciones y de los seres humanos que las integran. Espacios humanistas, participativos y comprometidos donde se construya y prospere el Potencial Realizado y se cultive una Cultura de Comunidad basada en la colaboración solidaria, el desempeño ético y el compromiso institucional. Organizaciones que centren su responsabilidad social en el bienestar humano y lo materialicen en la consecución de su propósito generativo (aquel por el que existen).

Creo en la necesidad de líderes diferentes, evolucionados, que provoquen la apertura suficiente para posibilitar realmente la transformación organizacional y la aparición de nuevos escenarios en los que sea posible forjar destinos, tanto individuales (personales) como colectivos (sociales). Ya hemos dicho: Líderes diseñadores, capaces de transformar los sueños en realidades dignas de ser experimentadas. Líderes guías, que construyan caminos y provoquen el gusto de transitar por ellos. Líderes apóstoles, que consoliden la tutela y el acompañamiento que reclamen sus seguidores. Líderes de líderes, que impulsen el bienestar de la humanidad y trasciendan en sus discípulos y en su propio Liderazgo pro apertura. Líderes constructores de Felicidad y enemigos declarados de la palabra “nunca”.
¿Qué motiva a este tipo de Líderes?
Si la motivación es simplemente aquello que anima a una persona a actuar o realizar algo, para los Líderes pro Apertura esto debiera ser Forjar Destinos… Más allá de ser congruentes con el Propósito Generativo de la organización y asumir su papel revolucionario en la lucha por transformar positivamente a nuestro mundo, la motivación principal de los nuevos líderes es y deberá ser: saberse capaces y confirmarse cotidianamente, como verdaderos constructores y mantenedores de destinos. Revelarse al destino manifiesto y asumir el compromiso, la responsabilidad y la confianza de forjar sus propio porvenir (personal y colectivo… Como líder, principalmente este último).
Los motiva construir espacios éticos, de convivencia armónica, donde el respeto entre las personas es el cimiento que soporta el actuar cotidiano, la presencia de la paz y la permanencia del bienestar.

Los impulsa la posibilidad de formar confianza al su alrededor y legitimar permanentemente el reconocimiento de sus seguidores para potenciar su liderazgo.
Los apasiona la idea de generar compromiso en aquellos espacios que se llenaban exclusivamente de trabajo, dándole razón y sentido al actuar colectivo cotidiano y al propósito que los aglutina.
Los motiva la posibilidad de diseñar escenarios en los que los protagonistas se sientan libres de ejercer su desempeño, y el reconocimiento sea para todos, sólo una muestra de que los demás aprecian lo que hacen y les ha sido positivo y útil.
Los impulsa su posibilidad de sentirse guía natural de su grupo, conductor experto y reconocido por sus seguidores, a quienes puede llamar "su gente" porque, según Alberto Cortez (Argentino y del mundo), aquellos a los que amamos los sentimos siempre de nuestra propiedad.
Los apasiona la posibilidad de saberse apóstoles de la difusión de la filosofía del nuevo Liderazgo para el Siglo XXI y creadores incansables de su contenido, coadyuvando así, en su pequeño espacio de influencia y tiempo, a sentar las bases de la transformación de las organizaciones, para centrarlas nuevamente en su raíz generativa: los Seres Humanos.
Los motiva su capacidad de aportar la gestión necesaria de los recursos útiles al propósito y de provocar las actitudes que impulsen el mejor aprovechamiento de ellos. La posibilidad de observar que es el resultado de su gestión lo que provoca que su grupo cuente con lo necesario y pueda transformarlo en el resultado esperado.
Los impulsa su responsabilidad de fundar tantas Comunidades de Propósito como grupos sean capaces de liderar, con el fin de coadyuvar a la transformación hacia una nueva cultura colaborativa y solidaria, sustentada en principios, valores y el capital social que le aportan las personas.
Los apasiona la eventualidad de impulsar la existencia de verdaderos Espacios de Potencial Realizado, en aquellos lugares de trabajo en los que se asistía por cumplir con la obligación laboral contraída. Es decir, espacios en los que la apertura permanente y colectiva al aprendizaje, provoca inexorablemente que la capacidad potencial de las personas se articule y manifieste en su mejor expresión, haciendo asequible la realización personal y colectiva.
Los motiva la posibilidad de contribuir en la transformación de la enseñanza y la capacitación, para dar paso a eventos de aprendizaje en los que se cultive la creatividad, la innovación y la convivencia evolutiva de las ideas y el conocimiento.
Los impulsa el saberse capaces de colaborar en la formación de nuevos líderes de líderes que soporten posibilidades reales de transformación de nuestro entorno, para construir un mundo mejor y un futuro más justo e incluyente.

Los apasiona su posibilidad de colaborar y trascender, para ser recordados como ellos mismos han seleccionado, en el devenir de los tiempos, cuando físicamente ya no estén presentes.
Es así que los motivadores precisos para este nuevo tipo de líderes, habrán de superar el campo de lo económico y mucho más el del eficientismo, para colocarse justo en el terreno de lo humano.